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Peor el golpe, mayor el festejo

 

 

 

 

 

Por Vero

El Reporte Femenino

 

 

 

 

 

05.12.2000

 

 

Peor el golpe, mayor el festejo

Los noventa minutos que finalizaron algunas horas atrás no fueron tan sólo un partido más. Nos enfrentamos a Newell's, en el estadio municipal. Sin embargo, a pesar de lo que muchos digan, ésto no fue, de ninguna manera, un clásico. O el superclásico rosarino, como lo vendían las radios.

Canallas y no canallas reconocen la superioridad auriazul. A nivel historia, hinchada, creatividad, logros. Por lo tanto, no se puede denominar clásico a un partido con un pobre primo que, además, ni siquiera tiene estadio o barrio propio.

Como decía alguna vez un integrante de la Lista Canalla, el clásico del Barcelona es el Real Madrid, por el amplio poderío y la importancia con la que cuentan ambos, y no el Espanyol, como lo definirían los límites geográficos de la ciudad catalana. Si tenemos en cuenta este criterio, entonces, ya no podemos hablar de Newell's como nuestro clásico. Ya atravesamos esa etapa. Y ganamos, como en tantos otros ámbitos de la vida. Y para aquellos que digan que el Central-Newell's o Newell's-Central define quién manda en Rosario, les respondo que sólo hace falta ver con qué cuentan un equipo y otro para reconocer que son innecesarios los noventa minutos de enfrentamiento entre ambos, dos veces al año.

Sin embargo, al referirnos a Newell's, nombramos al primo lastimoso, a ese primo odiado por tratar de imitarnos en nuestra superioridad. Y ante el desprecio tan auténtico, e incluso la piedad, esos sentimientos que sólo el fútbol puede suscitarnos con semejante intensidad, tenemos la necesidad de, literalmente, humillar a nuestros primos en esas dos ocasiones anuales con las que contamos. Por lo cual, cuando se avecina este mal llamado clásico, la ciudad parece paralizarse. Y la división entre los dos bandos se acentúa.

Nunca me gustaron las semanas previas a este tipo de partidos. Y menos aún cuando se le da tanta importancia al encuentro que pondrá fin a la espera.

Los siete días que precedieron el partido de este 3 de diciembre fueron odiosos. Esa horrible tensión de la espera es desgastante. Pero a la vez sublime.

La Fe Ciega llega a su máxima expresión. Quizás porque lo que la moviliza no es la gloria propia, sino la deshonra ajena.

Los técnicos prueban mil tácticas diferentes. Se entrena a puertas cerradas. Comienzan los Guerrerazos, banderazos y aguantes a los equipos. En oficinas, aulas y hogares, las cargadas van tomando su lugar, y parecen afilarse con el transcurso de los días. Se procura obtener entradas para el partido lo antes posible. Las cábalas reviven. Y, por sobre todo, un cierto odio, que parece ancestral, se torna casi ácido.

La puja va tornándose insostenible. Llegará a su momento más tenso a la hora de comenzar el esperado encuentro. Y sólo conseguirá alivio al momento del pitazo final.

Esta ciudad de Rosario pareciera vivir de ese odio, y de la ansiedad que él promueve. Y es por ello que este domingo 3 de diciembre, el ambiente se enrareció.

La vida del primo aborrecido pende sólo de un hilo. Que aún no podemos cortar. Un tirante piolín que ha durado veinte años.

Este pasado domingo era la oportunidad de romper esa cuerda. No lo conseguimos. Y ese es el sabor amargo que me ha quedado.

Ahora habrá que aguantar al primo. Triste. Festejará empates. Algún pasquín de la ciudad le dará la razón en su amargo festejo. Quizás peguen carteles. Ya han tirado algunas bombas. Y han contado hasta veinte.

Es muy triste... En ciertas ocasiones, no puedo hacer más que mirar al primo con cierta lástima.

Pero, a la vez, me gusta sacar filo a la tijera. Que, mientras más tiempo dure ese piolín tenso, sosteniendo al primo, más dura será su caída al precipicio. Y mayor será el Festejo, ese festejo que realmente vale, de saber que nuestro odiado primo estará por fin muerto.

Me corrijo: Ya está muerto. Desaparecido. En los mal llamados clásicos, jugamos contra una sombra. Tantos han sido sus verdugos... Lo cierto es que se jacta de seguir siendo algo que nunca fue: un Grande.

Un día llegará el momento de tocarle el hombro, y decirle "¿te enteraste de que no existís?". La cuerda se cortará sola. Por el peso de su propia mentira.

Y mientras más años transcurran, peor será el golpe. Y mayor el Festejo.

Afilen sus tijeras...

Falta poco.