Por Eduardo Pace Vairo
Los sánguches de milanesa
De Clásicos y otras anécdotas...
- 29.12.2002
Si los espartanos odiaban a los atenienses cada vez que debían enfrentarlos fuera de su territorio encomendándose furiosamente a sus etéreos y poderosos dioses, eficaces en un ciento por ciento, o bien Napoleón Bonaparte maldecía en grosero y desconocido francés la trágica retirada de sus legiones del suelo ruso allá por el invierno de 1812, el Nono y yo teníamos las mismas sensaciones cuando pisábamos por enésima vez el estadio municipal de Newell’s Old Boys, valga la redundancia. Empezábamos la semana de muy mal humor ; rogábamos contraer una gripe ( tipo influenza ) y evitar constiparnos con esas aromáticas fragancias que emergían por detrás de la vieja popular visitante, unidas en su fórmula con las del Jardín Zoológico. Tratábamos de ganarle esa pulseada al tiempo y ubicarnos sobre la cúspide de un ancho pasillo para protegernos, así, de filosas chapas publicitarias flameantes y relucientes que caían hacia la tribuna como temibles guillotinas robespieranas. Era lo único seguro y conocido, aún con el riesgo mismo de terminar con nuestras vidas.-
El Nono Giménez, ilustre personaje de estadios y potreros, con sesenta y pico de años a cuestas . Jubilado ferroviario, empleado a duras penas de la óptica germano-argentina más cara del mundo : Lutz Ferrando. Nostálgico de lluvias o fríos antárticos capeaba las inclemencias temporales detrás de un fino gabán verde oliva, sin dejar de fumar aquellos legendarios 43/70 largos ( que espantaban a mosquitos propios y extraños ).-
- Cuando Giménez apague el cigarrillo, doy la orden de patear el penal.- dicen que se escuchó sobre el arco de Regatas, la noche del 0 -1 contra Unión de Santa Fe.-
Del otro lado, oficiando de acompañante, un adolescente de quince años, evidenciando la fragilidad de una etapa transitoria ; temeroso, imaginativo, olfachón pero más antilepra que nunca por convicción propia y sin imposiciones.-
Mayo de 1983. Rosario Central juega por los octavos de final ( cuando no ) de un Campeonato Nacional deslucido, sin variantes ; otra vez nos toca en cancha de ellos y encima sábado a la noche. Rosario, el mejor teatro natural del clásico enfrentamiento o bien un todo que resume ansiedad, incertidumbre y resignación, destacable analogía con aquellos heroicos granaderos sanmartinianos aguardando su primer bautismo de fuego tras el convento de San Lorenzo. Preocupación flotando en espeso clima de un desconocido otoño, menos riguroso que el tolerado por la temible vanguardia hitleriana a unos cuantos kilómetros de Leningrado.-
Habíamos acordado previamente con el Nono encontrarnos tres horas antes en Avenida Pellegrini y Callao para tratar de conquistar, en lo posible, las penosas alturas de la popular del Museo Histórico y protegernos de eventuales desmanes y corridas , no sin antes agradecerle a San Egeo esa disponibilidad para observar el partido con la misma precisión que en la terraza del Monumento a la Bandera. Inevitablemente llegué veinte minutos antes a la cita y oficié de espera en la esquina de las ochavas. Pasado un buen rato, el Nono bajó del amarillento 1114 convertido en línea 57, puteando por haberle errado al último escalón y acordándose de la familia del colectivero por la demora. Como una luz nos saludamos y, luego de repartirnos las entradas generales adquiridas en la sede de Central , cruzamos Pellegrini a los pedos en dirección a la tribuna.-
Me impresionó, en primer lugar, el estado atlético del viejo sesentón, y en segundo instante, el gran número de canallas penetrando en una amplia boca de lobo perfumada de orín salvaje, recio y vomitivo. Además, pude observar un grueso bulto saliente bajo el brazo derecho del Nono, dominado con la misma fuerza de Muhammad Ali o el ancho Peuccelle . Resguardado prolijamente en papel madera lo percibía a metros de distancia, pese a mi miopía bastante pronunciada.-
- ¿ Trajiste papelitos ?.- pregunté intrigado, algo agitado por la corrida.-
- No, sánguches de milanesa. Los preparé en casa, después del trabajo .- contestó en tono poco amigable, costumbre en él.-
Mi estómago había conseguido el aliado fundamental.-
El objetivo requería acción inmediata, pese a todo.-
La minúscula entrada visitante nos vio pasar como tiro. A tientas encontramos decenas de pequeñas elevaciones, apariencia de una tribuna de cemento y bastante incómoda por cierto. Nos sacudía el efecto de haber llegado rápidamente al lugar destinado, figurándonos el Muro de los Lamentos, la destruida tumba de Assurbanippal o los emplaces de la pirámide de Gizeh. Nada de eso. En medio de la chatura hecha oscuridad, el desconcierto y la zozobra, sentimos erizar la piel cuando nuestra hinchada comenzó a cantar acompañándose de titilantes encendedores; agradecimiento aparte a los dioses antiguos.-
- Esto parece un cumpleaños .- pensé en un momento de silencio .-
El tiempo iba a darme la razón.-
Por desgracia, la prevención en conquistar las alturas se había derrumbado. Espantosa sensación, como la de llegar a la cima del Aconcagua y encontrarla ocupada. Por culpa del colectivero o los cálculos horarios, centenares de congéneres nos habían ganado de mano. Debimos resignarnos y ubicarnos debajo del pasillo protector, a merced de las chapas publicitarias, esperando el partido de una buena vez por todas. En medio de la opacidad distinguíamos, eso sí, la llegada de nuevos hinchas auriazules coreando, saltando, arrojando explosivos y petardos, mientras a nuestra derecha, detrás del arco del Palomar, apenas valorábamos a un grupito de simpatizantes haciendo mímica, acosados por el ensordecedor ruido que emergía de la oficial visitante. En el impasse de cánticos hostiles y estruendos degenerados el estrépito de los animales del zoológico, más intenso que el pugnado por los títeres locales. Así y todo vimos elevarse cerca nuestro el humo de una bomba, con la misma intensidad que el hongo nuclear de Hiroshima y Nagasaky ; el grito por Central acalló su detonación . La previsible ansiedad iba en aumento en proporción al número de canallas copando la popular. Media hora antes del clásico, las incómodas escalinatas del Parque ya estaban virtualmente llenas ; moverse era un sacrilegio. El Nono quedó mirando hacia el arco del Palomar mientras mi cuerpo apuntaba en dirección contraria ; espalda contra espalda, el pequeño grupo familiar estaba enfrentado. No era el momento de redimir actos consumados, sino más bien pensar cómo distinguir jugadas desde la mitad de cancha hacia cualquiera de los arcos.-
Se prendieron las luces y la sombría escena cambió. Ahora asistíamos a un cumpleaños gigantesco, con el cantito perpetuado en boca de más de ocho mil almas. Entonado varias veces, se disiparon mis dudas.-
- Ahora falta la tortita .- le dije al Nono Roberto, ya con un hilito de voz.-
Escuché reír al sesentón con fuerzas.-
Idas y venidas incluidas, los equipos de la ciudad salieron al campo de juego. Nos esforzábamos cada vez más para tratar de diferenciar ambas camisetas, porque realmente las torres de iluminación poco podían hacer para no quedar más tuerto de lo que estábamos. Quizás con tener doscientas o trescientas velas y quinientos encendedores encendidos hubiésemos arreglado el problema. Pero a la hinchada no le importaba ese asunto y las avalanchas comenzaron a ser parte de la noche. Claro, porque yendo y viniendo de escalón en escalón podíamos llegar golpeados al alambrado y retroceder llamativamente ; en una de esas oleadas humanas logramos toparnos con el Turco Julio Mudalaff, el vendedor de ropa en calle San Martín. Imperturbable como siempre, oculto tras espesas gafas y denotando terrible pelada en su ancha frente, alcancé a oír de sus labios.-
- Qué cuenta, Giménez, tanto tiempo.- ¿ Ganamos hoy ?.-
En realidad, hay que agradecerle mucho a la historia por hallarnos con frases mucho más célebres.-
La pelota se puso en juego. Era hora. Al referee no le importó vernos nuevamente en el alambrado de contención estampados como gallinas ni tampoco preguntarle al ex – ferroviario si había empezado a deleitarse con el primer y poderoso cigarrillo negro armado por gentileza de Nobleza – Piccardo.- Por obra de la santa casualidad, otra vez el Nono y yo quedamos enfrentados, unos cuantos escalones más arriba del límite del campo de juego. Veintidós tipos yendo y viniendo, disputándose la Tango bien inflada. Taverna, Scalise, Campagna, Kuchen, el arquero Rodríguez ( hubiera preferido verlo nuevamente a Bertoldi, pedirle perdón y enmendar todos los horrores de un pobre guardavallas principiante de las divisiones inferiores ) vistiendo la azul y amarilla ; Civarelli, Santamaría, el negro Almirón, Alfaro, Aguerópolis, Macat, en la rojinegra.- Podía llegar a confundirme en las acciones, pero sabía a quién putear sin compromiso.-
El partido comenzó a hacerse duro y trabado; las hinchadas no se tiraban con flores, precisamente. Bueno, en realidad se prometían coronas. El Turco Julio firme junto al Nono, siguiendo las acciones en el aumento de sus bifocales igualitos a dos lupas de filatelia. Gracias a la temperatura , las funciones del juego y el estado de condensación humana imperante ( presos en la propia libertad del cemento ), el descendiente sirio-libanés comenzó a chorrear transpiración por los cuatro costados. Palpando un sudor ortodoxo, Giménez quiso alejarse del ocasional y apretujado compañero, pero no pudo; quedó pegado como un enchufe. La desesperación comenzó a hostigarlo de antemano.-
El primer tiempo, adiós a la hostilidad de partes. El descanso ... en las escalinatas, pero ni amagando. Disimulamos el hambre y el cansancio cantando mientras los de enfrente se sentaban tranquilamente, cubriendo espacios igual que disipadas formaciones de combate. Aquí, jolgorio. Los sánguches de milanesas, resguardados y gozando de envidiable salud. El segundo tiempo lo veríamos en forma diferente. Newell’s atacando hacia el Hipódromo, mientras Central en el lugar contrario. Scalise probó a Civarelli mandándola a la Avenida Pellegrini ; Campagna empezó a perder los hilos del mediocampo y la suerte se convirtió en esquiva. Por desgracia de todos, incluyendo la del Turco y la del Nono ( que rogaba sacar un pañuelo antes de morir asfixiado ) los rojinegros empezaron a llegar al arco con suma facilidad ...-.
El terror no demoró mucho en llegar gracias a Rodríguez y a la calamitosa acción de la defensa canalla que quedó enganchada en un off-side incomprensible para todos, menos para Giménez ( preocupado temporariamente en otra cosa ). Por arte de magia, cucurucho Santamaría quedó solo frente al arco, con la pelota en sus pies y habilitado por el juez de línea de enfrente, el árbitro y la mar en coche. Dos pasos, eliminar al arquero , gol. La defensa de Central levantando sus manos en señal de culpa, pidiendo posición fuera de juego por demás de inexistente. El puntero derecho ni lo pensó ; dejó a Rodríguez en el borde del área enfrentándose, nada más y nada menos, a los siete metros de largo y dos metros de alto de una valla pintadita de blanco. Bastaba soplar la pelota ; los leprosos preparaban sus gargantas. Los más de ocho mil callamos la boca , señal de próximas cargadas semanales en escuelas, bares y trabajos, tan duras y pesadas como latigazos de circo romano. El Nono , aún más resignado.-
La Tango esperaba dormir mansamente en el fondo de las mallas, según el léxico de José María Muñoz. Y Gracias a Dios, al aroma del Turco, la proyección mental de nuestra hinchada y todos aquellos espíritus transmutados de en Octavio Díaz, Cordones, Funes, Ricardo, Alejandro Yebra o el panza Casalini, velando el Parque Independencia, la redonda hizo un extraño efecto apenas salió disparada en los pies de Santamaría ; se elevó en pocos segundos como un satélite norteamericano y culminó su rara locura encima del travesaño, estrellándose en el frente del alambrado. Lo que iba a ser un gol cantado terminó en una catarata de insultos de todos los colores y una expresión de alivio transformada en el imponente grito de :
- ¡¡ Cucurucho, cucurucho, cucurucho !! ...- emitido por los que hasta el momento habían firmado un testamento mudo, batiendo la derrota.-
El Nono sonrió instantáneamente y también comenzó a transpirar, pero de alivio. Yo no lo podía creer ; destruí mi garganta bramando por el puntero. La hinchada de Newell’s estaba en otro mundo ; más bien sovietizada, pensando en el legado de Mao Tse Tung o en la forma de descuartizar a Santamaría apenas saliese del estadio. Las luces parecieron apagarse y el embate del equipo local también. Era un perfecto golazo. Ilustre, esos de colocarse en los cuadros y llevarlo al Louvre para conquistar el público francés, adicto a las buenas cosas. Increíble. El puntero derecho, algo obnubilado, no volvió a tocar una pelota por obra de la desgracia o la casualidad, la maldición del gallego Pérez o el soplido huracanado del tablón De Sicco, ese valeroso número tres de la década del veinte. –
El partido terminó cerca de las once menos diez y en el momento que Giménez iba a dirigirle la palabra por primera vez al Turco, la cosa terminó abruptamente : el sagaz comerciante se perdió tras el grueso de la hinchada que, dicho sea de paso, no dejaba de olvidarse de Cucurucho y su excelsa obra de arte. –
- Justo le iba a pedir que nos llevara a casa .- acotó el Nono en tono decepcionante, mientras hacía gimnasia con el bendito e ileso paquete.-
- Rajemos.- alcancé a decirle extenuado.-
Cruzamos a oscuras el Parque y con inusitada velocidad llegamos hasta la intersección de Balcarce y Montevideo, frente a los Tribunales Provinciales. El empleado de Lutz Ferrando al fin pudo inspeccionar el estado de lo que iba a ser nuestra cena, y con pasmosa facilidad colocó su contenido en distinta posición del original. Detalle puntilloso en el acto de observar cómo dos manos esquivaban mis deseos de no cagarme más de hambre.-
Ya en casa palpé las condensadas milanesas y su temperatura oscilaba en los treinta y siete y treinta y nueve grados Fahrenheit. Para qué darles una pequeña cocción si en realidad conservaban su temple original : de allí en más embocarlas calentitas costaría poco y nada, sin notar las diferencias. Pretendí en un momento explicarle el desarrollo de los hechos a mi abuela que con mucha concentración cosía una ropa, pese a que el reloj de la cocina ya había pasado largamente las doce de la noche. No fue posible ; los sánguches de milanesa habían atiborrado mi ansiedad al compás de una desesperada ingesta. El catálogo de los talismanes podía embutirse de un nuevo producto, sin ir más lejos.-
Lic. Eduardo Pace Vairo
Manfredonia (FOGGIA) Italia